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Inseguros, pero no indignados

Por Francisco Montfort Guillén

En el día del magisterio mexicano surgió con el nombre 15M una fuerte protesta social en España. A  pesar de su originalidad, algunos han querido ver en ella un movimiento social y otros, inclusive, una revolución. Curiosamente, en nuestro país, algunos comentócratas han identificado esa protesta con ideas de izquierda. Y desean que como la pandemia de la influenza, pronto contagie a los mexicanos. Tal vez nada sería más grato que ver a la juventud mexicana de clase media inconformarse con el estado general que guarda el país. Pero fuera deseable que para su protesta contara con al menos algunas reflexiones serias, menos epidérmicas que las que han aparecido hasta ahora en los diarios mexicanos.

Debajo de ese movimiento español se mueven  realidades  que las ideologías ocultan. Para disminuir un poco la inevitable y perversa influencia ideológica es necesario hacer el estudio concreto de situaciones concretas y buscar entender los hechos sociales, para no lanzar extrapolaciones sin sustento. Las juventudes españolas que protestan forman parte de la <generación perdida> de esa sociedad debido en gran parte a la irresponsabilidad de su clase política y a la facilidad con que la sociedad española decidió participar en el espejismo del desarrollo, fruto de una <transición democrática modelo>.

La incorporación de España al modelo europeo ocultó el camino de una sociedad subdesarrollada a una sociedad de la abundancia sin pasar por la disciplina del desarrollo que significa más trabajo, más ahorro, más acumulación. Los fondos para el desarrollo regional y el crédito barato, el apoyo del euro, la etapa del despegue del crecimiento económico fincada en la industria de la construcción, les impidieron ver a los españoles (y griegos, lusitanos e irlandeses) que esa riqueza ellos no la generaban, que era una riqueza financiada exteriormente, de mano de obra barata y en labores sin sofisticación tecnológica, que la creación de su sistema de seguridad social con grandes prebendas (servicios y pensiones altas, menores horarios y años de trabajo para pensionarse), y que la corrupción, que permitió acuñar por primera vez el término de <Estado cleptocrático>, eran factores que requerían una visión política que esclareciera que sin una ética laica, pero de corte weberiana (ahorro, trabajo, alta productividad laboral y económica, honestidad y disciplina), y sin una transformación cualitativa que significara un nivel de acción histórica de la sociedad sobre ella misma, más elevado, para acceder a una genuina sociedad del conocimiento, el proceso de crecimiento económico y distribución de la riqueza sería insostenible.

<Esta es una generación víctima del mayor fraude que un país le puede hacer a su población: hacerles creer que pueden acceder a mejores niveles de vida porque tienen un título universitario que nunca merecieron tener; una plusvalía de las viviendas que nunca se pudo sostener; unas propiedades y trenes de vida que nunca iban a poder pagar; y unos niveles de crecimiento económico que ellos directamente no producían> afirma con severidad crítica Francisco Fernández Castillo (Reflexiones de la generación perdida, Negocios, Reforma, 25/V/2011). El ejemplo español refleja con nitidez uno de los lugares comunes que circulan en nuestra sociedad como verdad científica irrebatible: la educación es la clave del desarrollo y de la superación de las personas. Pues resulta que no, al menos no con cualquier tipo de educación se pueden enfrentar los retos del actual modo de desarrollo capitalista. No basta con tener educación superior para ser parte de la llamada sociedad del conocimiento. El sistema escolar español, tan poco valorado en el sistema europeo, aunque en nuestras aldeas haga gran fortuna, pues permite presumir que se estudió en Europa, ha formado a estudiantes con títulos universitarios condenados al desempleo, sin acceso a las grandes empresas de la economía del valor agregado gracias a las nuevas tecnologías del conocimiento: <somos la generación mejor formada en la historia de España y no tenemos empleo> rezan algunas de las consignas de la protesta de <los indignados>.

Por otra parte, estos protestantes de nueva generación, que se intercomunican con los nuevos instrumentos electrónicos, no han conectado con la política. Es más, la rechazan y, paradójicamente según lo verían quienes ven en esta protesta gérmenes de la nueva izquierda, los jóvenes que rechazan el bipartidismo y a los políticos, elevaron la participación electoral y pintaron de un sólo color a España, abriendo paso de facto por primera vez al unipartidismo, con los gobiernos autonómicos y municipales, enviando una clara señal de rechazo a la izquierda y acogiéndose a los azules de la centro-derecha.

En este caso la historia se repite: cuando gana la izquierda vienen los derroches populistas para hacer valer <la justicia social>, y cuando han quebrado los presupuestos, tiene que entrar la derecha a poner orden y a recibir la crítica por ser realistas y exigir sacrificios. Estas protestas y, bajo otra óptica las de África del Norte y el Medio Oriente, emiten señales inequívocas de que si en México no corregimos de fondo la educación en todos sus niveles, si continuamos con la distribución social de la mediocridad (que no del conocimiento), si somos incapaces de crear conocimientos y tener universidades de clase mundial; si no vemos la necesidad de crear y fortalecer el capital organizacional, público y privado; si no realizamos las reformas fiscal, laboral y de seguridad social como bloque interdependiente, entre otras tareas urgentes, seguiremos alejándonos del progreso en el cual se instalaron ya sociedades que hace 50 años veíamos con desdén. Por vía de mientras, no logramos crear una auténtica sociedad del conocimiento, pero en Veracruz a todos ya nos llegó una parte de la inseguridad pública que ante veíamos sólo en los estados del norte de México. Bienvenidos a la sociedad de la distribución social del miedo, sin que surjan los <indignados> veracruzanos.




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