Pobres de los pobres
Por Francisco Montfort Guillén
Las organizaciones tienden a generar sus propias patologías. En sus comportamientos y en sus discursos son evidentes las huellas de su estado de salud. Sus conductas denotan sus males y todo aquello que lo separa de la normalidad. Una de las peores enfermedades consiste en regodearse en sus propios males, como si en ello encontrara placer. Esta parece ser la situación de una buena parte de la sociedad mexicana. Coinciden con ella la mayoría de los intelectuales de izquierda, los militantes de la misma y los dirigentes y partidarios del PRI. El último gran ejemplo, pero que al parecer continuará desde ahora y por lo menos hasta que finalicen las campañas electorales presidenciales es el referente al debate inútil sobre quién detenta el récord Guinness de la creación de pobres en México.
La riqueza y la pobreza extremas conviviendo en tiempo y lugar constituyen un rasgo definitorio de la sociedad colonial/independiente/reformista/revolucionaria que hoy llamamos mexicana. Durante el siglo XX los pobres fueron la punta de lanza lo mismo de golpes de Estado que de revoluciones que de reformas y de muchos, muchos discursos. Fueron los consentidos del partido único. Los consintieron con tortas y refrescos pero nunca de ocuparon específicamente de mejorar sus condiciones de vida. ¿Cuándo aparecen en escena como actores pasivos de su propia representación política? Cuando su número aumenta hasta convertir su presencia en disfuncionalidad para el modelo de acumulación de riquezas. Ese momento estelar es el resultado de la crisis financiera y económica provocada por Luis Echeverría; por la primera gran quiebra nacional postrevolucionaria provocada por José López Portillo y por la crisis permanente gestionada por Miguel de la Madrid.
Después de 18 años de penurias la sociedad mexicana estaba exhausta. La irritación social aumentaba hasta la exasperación. Para el modelo salinista de desarrollo, a caballo entre el corporativismo, el control político-electoral y la modernización económica y administrativa, el aumento del número de pobres constituía una debilidad extrema para acumular capital y para continuar con su dominio político.
Solidaridad marca el inicio del reconocimiento de la disfuncionalidad económica del número de pobres para cualquier modelo de acumulación y para cualquier tipo de Estado. Su aparición no es fortuita. Pero tampoco obedece a un paliativo puro de un modo de desarrollo "neoliberal-globalizado". Es más que un simple programa de justicia social. Es una respuesta gubernamental al desfondamiento socio-económico del Estado mexicano. El método de subvenciones directas a los ciudadanos y las familias y el fin de los subsidios indiscriminados y reducidos a los "hombres del sistema" marcan una nueva etapa de la organización social de nuestro país. Solidaridad, Progresa y Oportunidades son los vértices del mismo triángulo de la pobreza en México: hombres de negocios voraces más que empresarios, gobiernos a sus servicio que continúan utilizando las arcas públicas como fondo de acumulación de capital y las clases trabajadoras maniatadas por la ley, el control político y la cultura de la dependencia y la mano estirada en busca de dádivas que les han mermado su dignidad, sus libertades y capacidades para construir proyectos de vida independientes y satisfactorios según sus propios deseos.
A partir de 1995 en el aspecto financiero-económico y desde 1997 en el plano político la sociedad mexicana vivirá nuevas experiencias enmarcadas en un proyecto de mayores libertades. Desde entonces a la fecha, los pobres disminuirán su disfuncionalidad económica y recobraran su calidad de sujetos de justicia social, ya no en un modelo de justicia plena, sino en un proyecto de soluciones individuales y en ámbitos susceptibles de ser mejorados. Este cambio cualitativo que reflejan el Censo de 2010 y múltiples encuestas no ha sido comprendido por el PRI. Al menos sus dirigentes más visibles muestran su desarreglo psíquico, su deseo mórbido de regodearse con el problema de la pobreza cuando la sociedad mexicana quiere caminar por los rumbos de la creación de riquezas, su mejor distribución y el ejercicio pleno de sus libertades. Los proyectos de reforma fiscal y laboral demuestran que siguen siendo los mismos políticos más interesados en mantener clientelas de pobres y no clases medias exigentes. Pobre de los pobres que sólo se ocupan de ellos para mantenerlos pobres los más pobres de ideas para salir de la idea de pobreza e instalarse en la de la generación de riquezas para todos.