Supermercado médico
Por Francisco Montfort Guillén
Karl Marx primero y después Vladimir I. Lenin demostraron, con bases teóricas y evidencias empíricas, los procesos de formación de los mercados internos, sin los cuales no puede desenvolverse el capitalismo. La división social del trabajo está en la base de estos procesos, ya se trate del tránsito de la agricultura hacia la agroindustria o de la artesanía hacia la gran industria. Lo mismo sucede con los servicios. El referente teórico, por supuesto, consistió en el estudio de la mercancía, pues en el capitalismo todo esfuerzo de producción de bienes y servicios toma esta forma: la realidad se nos presenta como un juego entre oferentes y demandantes con objetos independientes de sus creadores. No es que la vida en el capitalismo consista sólo en comprar y consumir, sino que todos los bienes y servicios son transformados en mercancías.
El ejemplo de un <mercado maduro> es apreciable cuando, gracias a la división social del trabajo, ramas enteras de la producción adquieren autonomía, es decir, cuando aparecen mercancías que para ser realizadas como tales no necesitan estar ligadas a un proceso previo, por ejemplo, la fabricación de maquinaria agrícola ya no necesita cubrir necesidades específicas de determinados productores o de ciertos cultivos, sino que su desenvolvimiento tecnológico la permite crear utensilios que generan su propia demanda entre los agricultores e industriales de la alimentación.
Esta es también la situación de la salud humana. Su tránsito desde una necesidad personal hasta constituirse como mercancía social ha traído como consecuencia la autonomizarían de diferentes ramas de la producción de bienes y servicios médicos. Los procesos han sido múltiples pero convergen en una realidad insoslayable: el proceso salud-enfermedad constituye una cadena productiva que involucra a la ciencia, a la tecnología, a la educación, al comercio, a la política y al entramado de mercadotecnia y publicidad. Así, por ejemplo, los laboratorios de análisis clínicos no dependen de la existencia de un determinado centro médico y en ocasiones ni siquiera de ciertos médicos para prosperar como negocios, pues existen personas que solicitan sus propios análisis clínicos, que ofertan algunos laboratorios como servicios integrales o en paquetes a precios supuestamente módicos.
En la radio y en la televisión son promocionados los servicios médicos de hospitales o de médicos particulares, de la misma manera que los gobiernos hacen propaganda política con sus programas de salud o de construcción de infraestructuras para atender el complejo salud-enfermedad. Los laboratorios químico-farmacéuticos constituyen uno de los más importantes conglomerados transnacionales que determinan en gran medida la evolución del sector salud a escala del planeta. El complejo ciencia-tecnología ofrece productos para la salud que ya no pasan por la prescripción médica, y que son ofrecidos directamente al consumidor, en el cual es generada una necesidad, o más precisamente, un deseo de salud, a través de la publicidad.
La sociedad mexicana, en su mayoría alejada, según lo han revelado múltiples encuestas, del conocimiento y la confianza en el saber científico, viene evolucionando en su consumo de servicios médicos en tres grandes vertientes. A través de la medicina institucional pública o mediante los servicios de la medicina privada, es consumidora de los avances científicos y tecnológicos que han revolucionado la medicina tecnologizada. Otra vertiente, que ha cobrado auge, es la llamada medicina tradicional y alternativa, que se alimenta de las posibilidades que abrieron la física cuántica, los saberes sobre los procesos psicológicos, las llamadas medicinas orientales o las autóctonas que tienen bases en la herbolaria y otros saberes no científicos aunque con demostraciones empíricas. Finalmente se ha abierto el mercado de los aparatos tecnológicos que se apoyan en aplicaciones de la acupuntura china y en avances científicos modernos.
En nuestra sociedad la regulación de las prácticas que tienen como eje la salud humana son débiles, cuando no inexistentes. Los desniveles entre la calidad de los cuidados de la salud que ofrecen las instituciones federales y las ubicadas en el Distrito Federal (los institutos nacionales) y los servicios de los estados y municipios son profundos. Si bien existen médicos de gran nivel en todo el país y algunos estados cuentan con infraestructuras de calidad, la regla general indica que en las entidades con mayores niveles de pobreza y menores niveles de desarrollo humano la calidad de la salud humana es bastante precaria. Este es el caso de Veracruz, en donde nunca han sido elaboradas políticas públicas de salud para cada uno de los grupos sociales y regiones considerando las bases epidemiológicas y de morbi-mortalidad de la entidad.
Desde el sexenio de Miguel Alemán se ha lucrado con la salud de los veracruzanos. Fueron construidos hospitales que nunca funcionaron y esta acción nunca fue castigada. Con Fidel Herrera fueron enajenados hospitales públicos a favor de médicos particulares sin que mediara información pública al respecto ni una política de salud específica. Los hospitales públicos del gobierno del estado practican una medicina burocratizada y la enseñanza profesional de las ramas médicas en Veracruz se encuentran entre las más deficientes de la república. La venta de medicamentos es desordenada, las farmacias actúan sin ningún control, quiebran porque les quitan los contratos con instituciones públicas y nadie da cuenta de ello. La salud de los veracruzanos forma parte del supermercado médico, no de las políticas públicas (hasta ahora inexistentes) lo que permite que la corrupción sea una práctica común en el sector salud, tanto en la secretaría como en los centros médicos. A nadie parece importarle en verdad la salud de los veracruzanos, una cuestión que no resuelve el mercado. Que la salud sea una mercancía no significa que sea convertida en una mercancía de tercera categoría, como la que prevalece en Veracruz.